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miércoles, 29 de enero de 2020

EL PODER DE LOS PRECIOS Y LA DISTRIBUCIÓN DE LA RENTA

"Metete con mi vieja, pero no me toques los precios", así lo dijo Javier Milei hace un buen tiempo, un ferviente libertario argentino y partidario de la escuela austriaca de economía para referirse al poder de los precios, frase que difícilmente pronunciaría el profesor Milton Friedman, líder del monetarismo y Premio Nobel de Economía (1976), pero que seguro convergirían en el mensaje de tal "despropósito". Tamaña majadería nace a raíz de la irritación que a cualquier economista medianamente formado, produciría observar como a esta altura del desarrollo de la ciencia económica se relegue la evidencia empírica a favor de intereses fuera del ámbito económico, y se sostenga vehementemente que un proceso dinámico monetario como es la inflación pueda ser controlada o reducida a través del control de precios, habiendo más de cuarenta siglos de evidencia que sostienen lo contrario, tal como lo argumenta David I. Meiselman en el prólogo al libro "4000 Años de Controles de Precios y Salarios" de los profesores Robert L. Schuettinger y Eamonn F. Butler, dedicado a Milton y Rose Friedman, cuando afirma que "En realidad no existe un solo caso en la historia en el que el control de precios haya detenido la inflación o superado el problema de la escasez de productos", más aún en el siguiente párrafo sostiene "El control de precios no soluciona el problema de la escasez, por el contrario lo empeora. El control de precios desorienta tanto a los productores como a los consumidores. Los precios "bajos" establecidos para los productos limitan la oferta, mientras que los precios "bajos" establecidos para los consumidores estimulan la demanda. En consecuencia, el control de precios aumenta la brecha entre la oferta y la demanda", más adelante escribe "Se coarta la libertad política y económica y los ciudadanos sufren las consecuencias".

Expliquemos el trasfondo de la frase de Milei recurriendo a la narrativa del árbol genealógico del lápiz que brillantemente exponen los profesores Milton y Rose Friedman en el libro "La Libertad de Elegir", historia que nace de un cuento titulado "Yo, el lápiz: mi árbol genealógico, según Leonard E. Read", el protagonista es un lápiz mongol de la compañía Eberhard Faber. La historia empieza con preguntarse cómo se fabrica un lápiz, cuya respuesta no depende de la decisión de una autoridad central, sino que es un proceso de múltiples decisiones de interés personal de las partes involucradas en su fabricación, por ejemplo, el proveedor de la madera podría ser del norte de california, y que además para cortarla y transportarla implicaría utilizar otras herramientas o medios como las sierras, sogas, camiones y muchos más, que a su vez necesitarían para su existencia el concurso de otros recursos naturales o insumos fabricados seguramente muy distintos a los anteriores. Por otro lado, el grafito que es un mineral procesado que esta por dentro del lápiz y que permite visualizar lo que se escribe, probablemente provenga de algún otro país o continente donde debió ser transformado y transportado a la fábrica de lápiz, como también lo es su extremo superior que llamamos goma de borrar, que quizás sea un derivado del caucho y siga todo el mismo proceso u otros más de la madera y el grafito para formar parte del lápiz.

¿Que hizo que todas estas personas, las que participaron en la tala y el procesamiento de la madera, la extracción y provisión del grafito y la producción de la goma de borrar, por solo enumerar algunos de los componentes del lápiz, se interesaran en proveer de insumos al fabricante, quien a su vez lo pondría a disposición de quienes lo valoren y lo compren?, lo que ocasionó que todas estas personas participen voluntariamente fue el interés personal de generarse una renta a través de la oportunidad de satisfacer una necesidad que muchos, incluso ellos mismos que ayudaron en su fabricación, desean experimentar o gozar de la escritura, pero si el trabajo de todas estas personas detrás de la fabricación del lápiz no obedeció a mandato centralizado alguno ¿Que mecanismo o medio motivó que se interesaran en su fabricación?, la respuesta es sola una, fue el mecanismo de los precios, aun cuando parezca algo abstracto en el fondo no lo es, es más simple de lo que se cree, por ejemplo, si el maderero no se hiciera de ingresos mayores producto de sus precios, en relación a sus costos que también son precios no proveería de tal insumo, tampoco lo harán el productor del grafito y el de la goma de borrar, nadie en desmedro de su propio interés concurriría en fabricar, con el favor del consumidor, algo que no le provea de un excedente que compense su esfuerzo, esto mismo acontece al productor del lápiz, el cual no proveería de sus bienes al consumidor siempre que sus ingresos o precios de venta acumulados no fueran mayores a sus costos (la madera, el grafito, la goma de borrar y otros) o precios de compra acumulados.

Esta narrativa del lápiz de los profesores Friedman, como ellos mismos lo explican, nos enseña que los precios tienen tres funciones intrínsecamente relacionadas, la primera es la de información, se entenderá si tratáramos de explicar la razón del porque en un momento dado el precio del lápiz podría subir, quizás podamos especular que se deba a que algún insumo en su cadena de fabricación, como el grafito, no está siendo extraído de las minas y por tanto esta escasez este encareciendo el costo del insumo y en consecuencia el precio final del lápiz, siempre que esta alza del precio se convalide por el principio de imputación de Menger, en concreto, los precios nos proveen de información de lo que está sucediendo en los distintos mercados. Las otras dos funciones son de nuestra mayor atención para explicar porque el introducir distorsiones al mercado terminan por anular el mecanismo del interés personal de entender como aparecen y desaparecen los bienes y servicios del mercado, y porque la renta se genera y distribuye según como lo decide cada uno de los consumidores y no como consecuencia de la decisión central de algún agente en particular como el Estado, sino que es producto de la interacción voluntaria de cientos de miles de personas, en un entorno dinámico, que con sus transacciones en todos los mercados en los que participan y de manera simultánea deciden a donde debe ir su renta en busca de su propio interés personal.

Seguidamente, una segunda función de los precios es la de proveer incentivos a los diferentes propietarios de los factores de producción - trabajo, capital y tierra - quienes participan en la fabricación de bienes que se transan libremente en un mercado competitivo, donde los precios se consideran dados, estos factores de producción son remunerados a través del producto del precio de los bienes que ayudaron a fabricar y su producto marginal (P*PMg). En este sentido, el propietario del factor trabajo -el trabajador- que provee su fuerza de laboral sea física o intelectual se le remunera a través de un salario que representa su costo (W), por tanto en el mercado del factor trabajo el valor del producto marginal del trabajo será igual al salario (P*PMgL=W), que denota una situación en la que se maximiza el valor del trabajo, igualando el ingreso generado por una unidad de producción con su costo. En igual forma, el factor de producción denominado capital también es remunerado a través de la tasa de interés, y por último la tierra que es el otro factor de producción es remunerado a través de la renta que va a su propietario, ambos del mismo modo que el factor trabajo, dependientes en términos reales de sus productos marginales. Así por ejemplo, si el salario que es el costo del trabajo aumenta sea por que la mano de obra es escasa o por que su regulación es excesiva aumentando los costos distintos al laboral, y siempre que el P*PMgL < W, los fabricantes o productores tendrán el incentivo de sustituir un factor de producción como el trabajo que ahora es más caro, por quizás más capital físico, traducido en maquinarías nuevas y más productivas o robots, bajo el postulado de buscar minimizar sus costos con el propósito de proveer a los consumidores productos de mejor calidad y menor precio.

Estos incentivos que tienen los precios están íntimamente ligados a la distribución de la renta que se genera al interior del proceso productivo, como una función indisoluble a las dos anteriores, supongamos que la madera que habitualmente usa el productor del lápiz sube de precio, ante este nuevo contexto el fabricante tendrá el incentivo de sustituir esta clase de madera por otra, si así lo acepta el consumidor, que tenga características parecidas a la convencional, ahora, al cambiar la madera del proveedor original se producirá una transferencia o redistribución de recursos en favor del nuevo proveedor de madera, lo cual implicará que los participantes en la producción de la madera habitual, sean trabajadores, dueños del capital o del suelo recibirán menores ingresos, y los propietarios de los factores de producción favorecidos por la decisión del productor del lápiz verán incrementar sus ingresos o rentas. El mismo razonamiento es válido si ante varios productores de lápices el consumidor modifica sus preferencias en favor de uno y en desmedro de otro, en ese caso los proveedores de factores de producción del lápiz demandado verán mejorar sus rentas en perjuicio de los anteriores, esta es la manera como la sociedad a través de la decisión del consumidor redistribuye la renta de forma más eficiente a favor de quien mejor provea en calidad y precio al consumidor.

Por último, la distribución de la renta no es un proceso estático, muy por el contrario, no debe verse como una torta que se parte o distribuye en proporciones y a discreción de alguien en particular con el fin de favorecer o perjudicar a uno u otro factor de producción, llámese trabajador o propietario del capital o suelo, o tal vez a favor de un nuevo factor que está implícito en el proceso de producción y al que nos hemos venido refiriendo, el fabricante o productor, quien es el que reúne a los otros factores de producción y que además puede ser o no propietario de alguno de ellos, y por tanto también tiene “derecho” a una remuneración en distinta forma pero igual en el fondo que los salarios, intereses y renta de los propietarios de la tierra, porque es quien provee de iniciativa, inventiva y de gestión para la producción del lápiz, y en un acto de justicia debe recibir una compensación, una renta o ganancia por el riesgo que corre al producir un bien que quizás el consumidor no termine por favorecer y le materialice a fin de cuentas una pérdida. En consecuencia, es el consumidor quien tiene ese poder discrecional y lo ejerce cada vez que realiza una compra, distribuyendo de este modo su renta a favor de quien mejor provea su necesidad, por ejemplo, si el consumidor prefiere ir al cine en lugar de comprar un libro, y si la mayoría de las personas valoraran de la misma forma, quienes están detrás de la producción de libros (factores de producción) recibirán menos renta a diferencia de quienes ayudan a producir las películas que son del agrado del consumidor, siendo este el único soberano de sus decisiones, además, seamos conscientes que en una economía donde impera la libertad no hay ninguna autoridad central que pueda decidir de manera eficiente a donde debe ir la renta y cuáles deben ser esos precios que concreticen sus deseos, y menos será el Estado que cuando se atribuye tal facultad termina por distorsionar la información y los incentivos que proveen los precios, en perjuicio de la libertad individual y de mercado tal como nos lo hace saber David I. Meiselman, creyendo que un conjunto de burócratas pueden alinear los objetivos de miles de personas que transan y cambian de preferencias en todo momento. Recuerde, el consumidor y nadie más que el, es quien con sus decisiones de compra está decidiendo todos los días como se distribuye la renta, eso es lo hermoso de la libertad de elegir.

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martes, 22 de abril de 2014

LA JIRAFA DEL TIPO DE CAMBIO DE EQUILIBRIO

Hace poco leía el artículo “¿Se viene una segunda devaluación del peso argentino?”1 publicado por el profesor Germán Fermo, Ph.D. in Economics de UCLA y director de la Maestría en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella de Argentina, y vino a mi memoria lo expresado por el gran economista Carlos Díaz Alejandro – referido por Esteban Hnyilicza – en cuanto a que el tipo de cambio de equilibrio es como la Jirafa, “Es difícil de describir, pero uno la reconoce cuando la ve”. Metáfora que describe la conciencia que tenemos algunos economistas del equilibrio cambiario.

En un párrafo de su artículo el profesor Fermo señala: “Argentina tiene dos problemas. Primero, padece de una inflación absoluta alta. Segundo, padece además de una inflación relativa alta. Si todos los países de la región padeciesen de una inflación del 30% anual, Argentina no tendría un problema de apreciación cambiaria crónica, la espada de Damocles es precisamente que estamos solos inflacionando y esta dinámica nos pone en una trampa relativa y perversa”.

Para comprender lo señalado por el profesor debemos acudir al enfoque de la Paridad de Poder de Compra relativa (PPC), que suele utilizarse como instrumento de medición del desalineamiento cambiario, según este enfoque el tipo de cambio nominal debe ajustarse por el diferencial de la inflación entre los países en cuestión para mantener constante el tipo de cambio real, sea este bilateral o multilateral, el cual se expresa como:


Donde:

q          = Tipo de cambio real.
TCN     = Tipo de cambio de la moneda nacional por moneda extranjera.
PE       = Precio en moneda extranjera de la canasta extranjera.
PN       = Precio en moneda nacional de la canasta nacional.

Lo que podemos decir es que si la inflación en Argentina es más alta que la inflación de cualquier país de la región, el tipo de cambio del peso con respecto a las monedas extranjeras de esos otros países debería aumentar o depreciarse - si se desea mantener el tipo de cambio real o la competitividad de los bienes argentinos - en un porcentaje igual a la diferencia entre sus tasas de inflación, porque de lo contrario implicaría una reducción o apreciación del tipo de cambio real o una pérdida de competitividad de Argentina, intercambiándose menos bienes argentinos por uno extranjero, es decir, encareciendo a los primeros y abaratando a los segundos. Ahora, si todos los países de la región o con los que comercia Argentina tuvieran una inflación igual de alta no habría mayor preocupación más que de su valor absoluto, porque siempre es mejor gestionar en un entorno de inflación baja que en uno de inflación alta.

A primera vista podría parecer que la depreciación de la moneda resolvería los problemas de Argentina o de cualquier país que este inflacionando, desafortunadamente no es tan simple, debemos reconocer que la PPC relativa es solo un método que busca corregir el desalineamiento o apreciación cambiaria, ocasionado fundamentalmente por el efecto de variables monetarias como la inflación. Sin embargo, dista mucho de ser una teoría del equilibrio cambiario, pues, no recoge el efecto de factores reales sobre el mercado de cambios como los flujos de capitales externos o la productividad de los factores, además, porque supone que el equilibrio cambiario del año base sobre el cual se mide el posterior desalineamiento o desvío cambiario es una situación en la que el tipo de cambio real es el “deseado” y que suele expresarse como aquel que estuvo vigente en un año de “equilibrio externo”, pero que no nos dice realmente como se calcula ese tipo de cambio real de equilibrio deseado.

Para tener una noción general de lo que es un equilibrio debemos mirar - como lo explicara el profesor Xavier Sala i Martín - aquella situación en la que estando en un supermercado decidimos acercarnos a pagar nuestro consumo y observamos que la longitud de las filas de personas detrás de cada una de las cajas de pago es variada, las que a su vez motiva a que muchas personas decidan salirse de sus respectivas filas para irse a la más corta, pero al hacerlo reducen la longitud de la que fueron sus filas originales, induciendo a otras personas a dirigirse a ellas, este reacomodo de personas seguirá hasta que todas las filas tengan una longitud parecida, con lo que ya no habría incentivo para moverse, es decir, se habrá llegado a una situación de equilibrio, que por cierto podría durar muy poco dependiendo de la velocidad con que son atendidas las personas.

En consecuencia, debemos entender que el equilibrio cambiario – como lo sostuvo Esteban Hnyilicza, Ph.D. del MIT y exdirector del Banco Central de Reserva del Perú, y sobre el que descansan las ideas principales de este artículo – debería recoger la concurrencia de variables económicas y sus proyecciones en dirección a conseguir un “balance adecuado” entre los objetivos de estabilidad de precios y de competitividad externa, en una trayectoria hacia un crecimiento sostenible de largo plazo, proceso que por cierto es muy dinámico ante diversos shocks internos y externos, y que poco tiene ver con la estabilidad de las longitudes de las filas de nuestro supermercado.

La persistencia entonces del desalineamiento o apreciación cambiaria real – entiéndase como la desviación del tipo de cambio real de su valor de equilibrio – es fuente de muchas perturbaciones sobre la economía real, siendo quizás la de mayor preocupación para el profesor Fermo el sesgo inflacionario de las expectativas de nuevas depreciaciones, alimentadas por la sobrevaluación del tipo de cambio real, cuando afirma: “El problema de padecer una inflación muy por encima a la de nuestros competidores es que permanentemente genera una dinámica perversa sobre el tipo de cambio real que presiona permanente al tipo de cambio nominal”. Al parecer, Argentina, una nación rica que no termina por digerir su propia experiencia, estaría en el círculo vicioso depreciación-inflación-depreciación del que no saldrá fácilmente y sin dolor.

1En este link pueden leer el artículo del Profesor Fermo http://www.infobae.com/2014/04/07/1555576-se-viene-una-segunda-devaluacion-del-peso-argentino
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jueves, 9 de mayo de 2013

ROBINSON CRUSOE Y LOS CICLOS ECONÓMICOS

Quienes deseen entender la conducta de la economía como un todo, deben saber que aquella es gobernada por los estados de humor de sus agentes económicos; las familias, las empresas y el propio Estado, que la llevan a periodos de crecimiento donde el estado de humor es positivo y a periodos de contracción o recesión donde el estado de humor es negativo, estos estados de humor a su vez están configurados por factores internos y/o externos que determinan el accionar de los agentes. Gregory Mankiw, profesor de economía de la Universidad de Harvard nos lo explica a través de la historia de Robinson Crusoe, aquella que tiene sus orígenes en la novela de Daniel Defoe publicada en 1719, historia que es muy utilizada desde los clásicos para educar en materia económica.  

La alegoría comienza con Robinson Crusoe, un marinero que naufraga en una isla desierta, quien tiene que tomar decisiones económicas, entre dedicar su tiempo al trabajo como el pescar u horas al ocio como el disfrutar de la playa. Las actividades de trabajo o pesca brindan una idea del tamaño de la economía que los economistas llamamos producto bruto interno (PBI), para denotar el valor de todos los bienes y servicios producidos por una sociedad, que en el caso de la economía de Crusoe lo determina la cantidad de peces que case.

Un buen día Robinson observa algo inusual en el mar, la presencia de una cardumen de peces nunca antes vista y se dedica a pescar lo más que pueda, su estado de humor es positivo, aumenta sus horas de trabajo a costa de menos horas de ocio, en consecuencia el tamaño de su economía crece o mejor dicho su PBI aumenta, porque ahora tiene más peces con que alimentarse, es decir, es un periodo de expansión y su humor es de optimismo, y vaya que lo es. Sin embargo, al poco tiempo estalla una tormenta que espanta a todos los peces y que imposibilita a Crusoe a salir a pescar, le embarga un estado de humor muy negativo, entonces le dedicará más tiempo a relajarse y menos al trabajo, el efecto es que el tamaño de su economía se reduce porque sus capturas de peces son menores, o lo que es lo mismo su PBI entrará en una periodo de contracción y prevalecerá un estado de crispación o de pesimismo.

Esta historia nos enseña que la economía es cíclica, con periodos de expansión donde reina la confianza y el optimismo, y es cuando deberíamos hacer las reformas estructurales para extender su duración, porque la parte negativa o periodos de contracción vendrán de todos modos, es inevitable, porque es parte del humor de los mercados, lo importante es hacer que este periodo no sea muy recesivo y dure poco.

En esta misma línea, el libro “Cuando despertemos en el 2062. Visiones del Perú en 50 años” de la Universidad del Pacífico, muestra la preocupación de sus editores en relación al actual ciclo de crecimiento económico del país, el cual viene descansando en la explotación de sus recursos naturales y en algunos servicios como el retail, pero que si en 50 años no logramos reducir nuestra fragilidad económica tendremos una gran depresión.

Pero esto es una realidad que no solo inmiscuye a nuestro país, sino a la gran mayoría de los países de la región. Cuando el economista venezolano Ricardo Hausmann, quien dirige el Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, refiere que Perú no debería copiar el  modelo de crecimiento de Chile, la economía más pro mercado de la región, lo hace pensando en la fuerte dependencia de este país a la producción del cobre y otros productos primarios. Según estimaciones del Banco Mundial durante el siglo XX las exportaciones de Chile con componentes de productos primarios bordearon entre el 80% y el 90% del total.

La hipótesis descansa en que el conjunto de reformas que han venido realizando países como Perú, Chile, Colombia, México y Brasil, para flexibilizar sus mercados y ser más competitivos, a lo único que las han conducido es a reprimarizar sus economías, es decir, a depender cada vez más de sus recursos naturales o primarios. Antes fueron el salitre, el guano y el caucho, entre otros, hoy son el petróleo, el cobre, los textiles, el café y la soja, entre muchos más, productos de escaso valor añadido y cuyos precios son muy dependientes de los ciclos de crecimiento de otras naciones, como la de China por ejemplo, que hace que sean muy volátiles y desestabilicen los ciclos de crecimiento de estos países.

El problema de la región es que ha avanzado muy poco después de las reformas de Primera Generación incluidas en el Consenso de Washington, como la apertura de mercados, la liberalización de precios, el equilibrio fiscal, la independencia de los Bancos centrales, el adelgazamiento del Estado y la flotación de nuestras monedas, entre otras reformas, que si bien lograron estabilizar nuestra macroeconomía hicieron muy poco por solidificar nuestro crecimiento de largo plazo. Incluso países como Argentina, Venezuela y Bolivia están retrocediendo en sus reformas, no es fortuito entonces que los dos primeros tengan problemas para estabilizar sus economías.

Asimismo, debemos reconocer que nuestros países aún tienen debilidades en sus reformas institucionales o de estructura jurídica, como los derechos de propiedad y los sistemas de supervisión y regulación, llamadas reformas de Segunda Generación, por poner solo dos ejemplos; la reciente destitución por parte del senado del Ministro de Educación de Chile, el cuarto en lo que va de la gestión del Presidente Piñera y la pretendida compra por parte de Petroperú de los activos de Repsol.

Sin embargo, estas no son todas las reformas que deberían implementarse, existen un conjunto de ellas sobre las que se están trabajando muy débilmente y de las que nos hablaba Esteban Hnyilicza, llamadas de Tercera Generación, que permitirían conjuntamente con las dos generaciones de reformas anteriores alargar el ciclo de crecimiento positivo de nuestras economías y fortalecerlas ante las recesiones. Reformas como la optimización de la relación Estado-Mercado, que nos brindarían la oportunidad de fortalecer nuestras competencias productivas a través de sistemas de incentivos de cooperación y coordinación.

No es casual que Hausmann sostenga que a Chile le guste compararse con California, por estar en la misma latitud y tener el mismo clima, pero que desafortunadamente no tiene un Silicon Valley y un Hollywood, porque estas industrias no se desarrollaron con recursos naturales sino con el direccionamiento de adecuadas políticas sectoriales. El que el Estado no deba ser empresario no significa que se ausente de su obligación de generar incentivos para acompañar al mercado, no existe la dicotomía Estado y Mercado, no son sustitutos perfectos, son por el contrario complementos perfectos.

El actual ciclo económico de bonanza para la región tarde o temprano va a terminar, las tasas de interés de los mercados desarrollados subirán, los precios de nuestros productos primarios decaerán y nuestras economías perderán su atractivo. Exacerbar nuestro actual estado de optimismo nos podría enceguecer la necesidad de continuar con la implementación de las reformas necesarias para suavizar la ciclicidad de nuestras economías. No permitamos, en el caso de nuestro país, que en 50 años observemos por el espejo retrovisor y nos demos cuenta que fuimos maldecidos por la riqueza de nuestros recursos naturales.

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sábado, 20 de abril de 2013

EL AGUA Y LA FALACIA DE LA COMPOSICIÓN

En el último partido de la selección de fútbol ¿Se percató usted de que algunos de los aficionados prefieren observar el juego estando de pie?, quienes lo hacen sostienen que así lo pueden ver mejor, pero que si todos los aficionados hicieran exactamente lo mismo, tenga la plena seguridad de que la visión del juego definitivamente no mejorará para nadie. Sin embargo, sostener que siempre se estará en mejor posición estando de pie es caer en lo que los lógicos llaman la falacia de la composición, que se presenta cuando se cree que lo que es cierto para una de las partes es necesariamente cierto, sólo por esa razón, para todos, o a la inversa, lo que puede ser cierto para todos es necesariamente cierto, solo por esa razón, para las partes.

Esta falacia o falsedad es muy común en economía y debe evitarse, otro ejemplo, es cuando algún agente económico en época de crisis económica decide que la mejor defensa es ahorrar, y puede que no le falte razón, que mejor que el ahorro ante una perspectiva de mucha incertidumbre. Sin embargo, si todo el mundo ahorraría, incluso los agentes productivos, es decir, no gastar ni en consumo ni en inversión, el crecimiento económico decaería por menor demanda o mayor oferta, y a mediano plazo también disminuirían los precios, el empleo y los ingresos de las personas, y en consecuencia también el ahorro que depende del ingreso, que ahora es menor, precisamente por la crisis. En suma, quienes planearon ahorrar en un inicio es probable que no lo logren como parte de un todo; lo que es aparentemente cierto para un agente no necesariamente es cierto para todos.

De igual manera, creer que la tarifa del agua deba ser baja para mejorar el bienestar de pocos no necesariamente lleva a mejorar el bienestar de todos. La razón es económica, y tiene que ver fundamentalmente con dos de las funciones de los precios o tarifas, que es el de transmitir información y el de proveer incentivos, brillantemente expuesta por el profesor Milton Friedman de la Universidad de Chicago y Premio Nobel de Economía en 1976, en su clásico libro “La Libertad de Elegir”, escrito conjuntamente con su también brillante esposa, Rose Friedman.

Veamos cómo funciona, suponga una situación de ausencia de lluvias, con estragos severos sobre la dotación de agua potable a la ciudad, es de suponerse, a consecuencia de la sequía que la poca agua que se ofrezca deba subir de precio, por el principio de la escasez relativa, que dice que las cosas se valoran según su grado de escasez. En consecuencia, al ser escasa el agua se estará dispuesto a pagar un precio más alto - o al contrario, cuanto menos se valore algo, por su abundancia, se estará dispuesto a pagar menos - induciendo a un uso más eficiente del bien, precisamente porque es escaso. Si esto no lo convence, piense que le sucederá al precio del agua embotellada en este mismo entorno, también subiría, porque la gente acudiría a comprarla masivamente para sustituir el agua que no llega por las tuberías. Es decir, precios más altos están informando al mercado de que el bien es escaso, y que debe ser valorado como tal.

Ahora, ¿Qué cree que pase si una decisión política impide que los precios suban?, asuma por ejemplo que se activa un dispositivo legal que congela las tarifas. Un efecto inmediato es que quienes están dispuestos a pagar un precio más alto, es decir, los que valoran más el agua, se beneficiarán, pues tendrían una ganancia entre lo que estuvieron dispuesto a pagar y lo que realmente pagan, a esta diferencia los economistas la llamamos excedente del consumidorAdemás, el congelamiento de precios también involucra al productor de agua, quien debería recibir un precio más alto en relación a su costo si se dejara que suba la tarifa, este es el excedente del productor, pero al no ser así, tendrá una pérdida económica igual a la diferencia entre lo que podría haber recibido si la tarifa fuera más alta y lo que realmente recibe por el congelamiento de la misma.

En resumen, lo que está sucediendo es que la ganancia del excedente del consumidor es la pérdida del excedente del productor, con lo cual se distorsionan los incentivos para el consumo y la producción de agua. El consumidor preferirá dejar el caño abierto, regar continuamente su jardín y bañar a su mascota tres veces al día, porque lo que le cobran no refleja lo que está dispuesto a pagar por hacerse del bien, y el productor no tendrá los incentivos para mejorar su servicio, porque lo que recibe no refleja la tarifa real del bien, es probable entonces que no realice las inversiones suficientes para mantener el servicio de forma adecuada, porque su costo de oportunidad es relativamente alto.

¿Cómo distribuir un recurso como el agua que los consumidores no valoran y que los productores no satisfacen a plenitud?, como lo hemos venido sufriendo desde que uno tiene uso de razón, a través del racionamiento del servicio por horas. Prueba de ello son los tanques de almacenamiento que podemos observar en las azoteas de las casas, y más aún cuando prestamos atención al tránsito de las cisternas de agua dirigiéndose a las zonas más alejadas de la ciudad, donde un poblador termina pagando más por metro cúbico de agua de lo que paga un residente de una zona más céntrica.

Creer que el agua por ser un elemento fundamental para la vida no pueda ser administrada eficientemente como un bien cualquiera, está totalmente equivocado, sino observe la multa de un poco más de US$.5 Millones de dólares impuesta a la empresa privada Aguas Andinas de Chile, en compensación a los consumidores por no haberles comunicado oportunamente los cortes del servicio durante el verano pasado, a quienes compensará con unos $4,000 pesos y que estarán incluidos en sus próximos recibos. 

Por último, quienes crean que mejoran su bienestar al no aceptar que la tarifa del agua recoja el valor que la sociedad está dispuesta a darle, es porque está cayendo en una falacia, el de recibir una dotación en menor cantidad y calidad que probablemente el mercado satisfaga mejor, al igual que aquellos que no tienen los argumentos suficientes y fuertes para defender sus decisiones.

Publicado en el Diario La Prensa de Moquegua el 02/05/2013. Este artículo fue actualizado.
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viernes, 12 de abril de 2013

LA EMPRESA PÚBLICA Y LOS BIENES PRIVADOS

En una oportunidad uno de mis alumnos de nacionalidad argentina me preguntó del porqué hablaba mucho en clases de su país, enseguida le di dos poderosas razones; le dije, primeramente, que en su país tenía – y tengo – allegados familiares y amigos de la infancia, por lo que me interesaba conocer su realidad, y en segundo lugar le dije – y no por ello menos importante – que la Argentina, a diferencia de otros países de la región había tenido una riquísima experiencia de fracasos en estabilizar su economía, y que al parecer, a la luz de la forma de cómo la estaban conduciendo, no terminaba por aprender sus propias lecciones del pasado. Asombrado me miró y me dijo: “Quizás tenga usted razón, pero no olvide que tanto argentinos como peruanos, somos iguales de necios”, a lo que respondí: “Quizás Si o Quizás No”.

Pareciera que el “Quizás Si” esta prevaleciendo por la intención del estado peruano de comprar, a través de Petroperú, a la empresa española Repsol su refinería de la pampilla, su planta envasadora y 200 estaciones de combustible, pero que a diferencia del trato que le deparó el gobierno argentino a los españoles, el nuestro habría decidido pujar por su compra, en competencia con algunos privados, para hacerse de sus activos.

No habría ningún problema si no existieran privados nacionales o extranjeros interesados en hacerse de la empresa española, y si aún así no los hubiera, habría la necesidad de preguntarse si el estado peruano está en la capacidad de distraer recursos que podrían destinarse a sectores como la educación y la salud.

Para entender a profundidad el tema debemos reconocer que es un bien público y que es un bien privado, y quién y cómo los pueden hacer aparecer. Sabemos que la gran mayoría de bienes, como el pan, son producto de la interacción de egoísmos o intereses personales de quienes quieren ofertar y de quienes quieren comprar, si el pan francés prevalece sobre otros en los mostradores, será porque tanto los consumidores como los panificadores así lo decidieron, en consecuencia, un bien aparecerá siempre que se satisfaga voluntariamente una necesidad de mercado.

A este tipo de bienes, que son la gran mayoría, se les llama bienes privadosporque tienen la característica de no poder satisfacer a dos o más personas simultáneamente (se dice que es un bien rival) y que también son excluibles, porque se puede evitar su consumo (se dice que es un bien excluible), por ejemplo, un chocolate, es un bien rival y excluible, es rival, porque si una persona lo consume las otras personas no lo podrán hacer y es excluible porque solo podrán hacerse del chocolate quienes puedan pagar, es decir, excluye a quienes no pueden pagar.

Un bien público en cambio es aquel que puede satisfacer a dos o más personas simultáneamente (se dice que es bien no rival) y que no puede evitarse que se consuma (se dice que es un bien no excluible), por ejemplo, la construcción de un puente, es un bien no rival y no excluible, es no rival porque todos podemos hacer uso de el al mismo tiempo y es no excluible porque no podemos evitar su consumo, está allí y cualquiera puede usarlo.

Ahora bien, un bien público por sus características de no rival y no excluible, no puede ser proporcionado por la empresa privada porque sus beneficios son indivisibles entre la población, y porque no se puede excluir a nadie, en consecuencia, no generan los incentivos para producirlos. En cambio un bien privado, que es rival y excluible, si puede ser proporcionado por la empresa pública.

El problema es que cuando una empresa pública proporciona un bien privado, no tiene los incentivos para maximizar su rentabilidad, como si lo tiene la empresa privada. Cuando una empresa privada busca maximizar su rentabilidad lo puede hacer o reduciendo sus costos o incrementado sus ventas, y para conseguirlo por lo general incorpora nueva tecnología, es decir, innova. Pero además, los mandos o ejecutivos de la empresa privada también tienen incentivos para rentabilizar sus negocios, porque saben que si generan utilidades suficientes una parte les corresponderá a ellos, en suma, tanto a los accionistas o dueños como a los ejecutivos les interesa rentabilizar la empresa. Sin embargo, debemos reconocer que existen incentivos perversos que hacen que la toma de riesgos entre los privados sea excesiva, tal como quedó demostrado en la crisis financiera del 2008.

En la empresa pública no existe tal incentivo, pues, los beneficios que puedan lograrse no van a un propietario en particular, sino a todos los contribuyentes, quienes a demás no son los que toman las decisiones, sino los políticos de turno, con las consecuencias del partidismo que ya conocemos. Además, los mandos o funcionarios públicos no tienen incentivos, sea porque sus remuneraciones no están amarradas con el éxito o el fracaso de sus resultados, como a la consideración de un presupuesto aprobado con mucha antelación y que difícilmente pueden ignorar. Una característica más de los funcionarios públicos es que no están mayormente dispuestos al cambio, pues, requerirían nuevos conocimientos y destrezas que no han ganado, que saben que les costaría, y que si lo hacen tienen como objetivo fortalecer su escalafón más que el aprendizaje de algo innovador.

En consecuencia, por qué debería permitir la sociedad que una empresa como Petroperú se haga de nuevos activos que no será capaz de administrar eficientemente, cuyos bienes privados a producir como los combustibles podrían ser mejor gestionados por la empresa privada. ¿No sería sensato que el estado y las empresas públicas se dediquen a actividades en las que la empresa privada no tiene incentivos para hacerlo?, después de todo, no es ese el mandato de nuestra constitución cuando habla del rol subsidiario del Estado.

¿Por qué deberíamos crear más empleo con empresas públicas?, quizás sea una exageración, pero deberíamos reflexionar sobre lo que viene sucediendo en la Argentina, en la que entre 1997 y el 2011 se pasó de 720 Mil a 1.5 Millones de empleos públicos, es decir, una tasa promedio de crecimiento de un poco más del 5% anual, cuando la población creció anualmente a una tasa del 1%. A esa tendencia el empleo público crecerá a un ritmo de 5 veces el crecimiento de la población. No vernos en el espejo sería un grave error, Quizás Si o Quizás No.

Publicado en el Diario La Prensa de Moquegua el 16/04/2013
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miércoles, 3 de abril de 2013

EL COSTO SOCIAL DE LA CONTAMINACIÓN

Si hay algo en lo que los economistas nunca nos pondremos de acuerdo es en el papel económico del Estado. Sin embargo, donde parece que sí coincidimos es en reconocer que el rol del Estado es a consecuencia de las fallas o deficiencias del mercado. Aceptemos como mercado a una confluencia de intereses personales o institucionales, que no tiene que entenderse como malo, de quienes tienen deseos de comprar y otros el deseo de vender, y que en esta interacción de egoísmos se producen fallas o efectos de difusión hacia el exterior de la transacción en sí, o lo que los economistas llamamos externalidades, que por cierto toda actividad humana la ocasiona.

No me ocuparé de las externalidades positivas o economías externas, que si bien existen no son tan publicitadas como las externalidades negativas o deseconomías externas. El ejemplo clásico de estas últimas es el de una industria que cuando produce un bien para el mercado, contamina o ensucia el aire o el agua del que gozan el resto de la población, imponiéndoles en consecuencia un costo por el cual la empresa contaminante no paga absolutamente nada. Costos como por ejemplo, el que las personas se enfermen por la mala calidad del aire que respiran o el que los agricultores vean reducir sus ingresos por la mala calidad del agua con que riegan sus productos, es decir, la empresa contaminante traslada parte de sus costos a la población o agentes externos y no los compensan en absoluto.

Ante esto, la solución general es hacer que el agente contaminante internalice o incorpore de alguna manera los costos de su contaminación en su estructura total de costo, motivándolos a reducir los efectos negativos de su actividad, a través de la búsqueda de niveles eficientes de producción con costos ahora mayores.

Existen tres enfoques de cómo lograrlo, el primero de ellos – y muy utilizado por ejemplo con los agricultores - es a través de lo que se conoce como el teorema de coase, en merito al economista inglés Ronald Coase, profesor de la Universidad de Chicago, quién se hizo merecedor al Premio Nobel de Economía en 1991, entre otras publicaciones, por su influyente artículo llamado “El Problema del Costo Social”.

La premisa básica de coase, dentro de un enfoque estrictamente privado, descansa en que las partes involucradas, el agente contaminante y el agente contaminado, acuerdan voluntariamente el nivel eficiente de contaminación que no dañe suficientemente los productos externos y que están además dispuestos a acordar una compensación económica que justifique tal nivel de contaminación. Esta solución solo podría darse si los derechos de propiedad entre los involucrados están bien definidos, si son asimismo pocas las partes implicadas y si los costos de transacción son reducidos. Sin embargo, este enfoque difícilmente será eficiente para un número muy grande de afectados, por la dificultad de su identificación y sus altos costos de negociación.

El segundo enfoque es de carácter legal, a través de la regulación, prohibiendo determinadas conductas y estableciendo un sistema de incentivos y castigos para que las empresas reduzcan sus niveles de contaminación, como por ejemplo, imponiendo límites máximos permisibles, más allá de los cuáles serán sujetos a multas o sanciones.

El problema con este enfoque son las propias fallas del Estado, las que limitan su accionar eficiente, como por ejemplo, ¿Quién debería decidir cuál es el nivel máximo permisible de contaminación?, ¿Afectaría por igual este máximo permisible a todas las empresas?, ¿Acaso no es cierto que existen distintos tamaños de empresas y que cada una tiene una estructura de costos diferente?, ¿Qué fortalezas institucionales tendrán los Organismos de Fiscalización Ambiental?, y después todo ¿El estado estará en la capacidad de hacer cumplir la normativa?

En uno de sus recientes comentarios el Instituto Peruano de Economía (IPE) hizo saber que la prensa resaltó que del total de los S/.76 millones de multas impuestas por el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) solo se han pagado el 10.5%, el otro 85.6% está con suspensión judicial y el 3.9% del saldo está en trámite. Asimismo resaltó que según el Instituto Fraser, Perú se encuentra en la ubicación 51 a nivel global en términos de incertidumbre de regulación ambiental, muy por encima del 4to lugar de Chile, que para muchos es su principal competidor en proyectos mineros.

El tercer y último enfoque es la aplicación de algún tipo de impuesto sobre la contaminación, bajo este método el estado impondría un impuesto igual a la cantidad del daño externo, con el propósito de inducir a la industria a reducir su efecto de difusión negativo o contaminación.

Este tipo de impuestos a diferencia de otros como el IGV o el impuesto a la renta tienen una característica distintiva, que es el de generar un doble beneficio social, por una parte, aplicando el impuesto el estado recauda más ingresos y por otra logra reducir la contaminación, con el consiguiente beneficio social. Algo que no sucede por ejemplo con el IGV, que solo origina ingresos para el estado, pero costos para los contribuyentes, quienes tienen que pagar algo más, es decir, genera un ingreso y un costo, a diferencia de los impuestos sobre las externalidades, en las que hay un doble beneficio, a este último tipo de impuestos se les llaman impuestos pigouvianos, en honor al economista inglés Arthur C. Pigou, quien los descubrió.

Cualquiera sea el enfoque que se adopte - las sociedades mayoritariamente se han sesgado hacia los dos primeros - es quizás más importante la identidad del agente contaminante. No hay ninguna duda que los privados son los causantes de muchas externalidades, desde la empresa que vierte sus desechos a los ríos hasta quien escucha con volumen alto la música de los shocking blue, pasando por el propietario del auto más antiguo con emisiones tóxicas, que por cierto pueden ser fácilmente identificables y sujetos a internalizar sus externalidades.

Por último, debemos reconocer a las fallas del Estado, que en definitiva son mayores que las del mercado o que terminan por empeorarlas pretendiendo corregirlas, como un actor contaminante del que muy poco se habla, quizás por la doble moral con la que se trata a sus empresas públicas, muy en particular las empresas prestadoras del servicio de agua y alcantarillado, ¿Quién debería internalizar los costos por el arrojo de las aguas servidas a los ríos? ¿Quién debería recibir las penalidades?, sus accionistas, es decir, los usuarios y a la vez sus propietarios. Sin embargo, la lógica nos dice que no somos lo suficientemente estúpidos como para atentar contra nosotros mismos, entonces, ¿Cómo resolvemos ese dilema ético?, solo aceptando y no negando nuestras responsabilidades sociales de convivencia.

Publicado en el Diario La Prensa de Moquegua el 09/04/2013
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jueves, 28 de marzo de 2013

EL BULLYING Y LA FALACIA POST HOC

Leía con estupor la noticia de un medio de comunicación en el que hacían conocer que durante el 2012 en México, murieron al menos cinco mil menores por causas relacionadas con el bullying, de los cuales corresponderían 4,201 a varones y 989 a mujeres. Más penoso aún sabiendo, como lo dijera el secretario de la Comisión de Puntos Constitucionales del Senado José María Martínez, que esta cifra podría ser mayor en vista que muchos padres niegan los casos.

La explicación principal esgrimida por algunas autoridades mexicanas estaría relacionada con la ciencia económica. Se argumenta que es la pobreza, medida por los ingresos monetarios insuficientes de las familias, la que estaría detrás de tal inefable cifra. El razonamiento no es del todo incoherente, pues, una familia con ingresos reducidos se constituye en fuente de insatisfacciones y de conflictos emocionales que fácilmente adsorbería a sus miembros, siendo los más vulnerables los menores de edad, haciendo de ellos potenciales bravucones escolares, todo dentro de un hogar disfuncional.

Tal afirmación no es correcta por que el mundo de la economía es tan complejo que no es posible mantener todo lo demás constante, lo que en lógica se llama la falacia Post hoc, ergo propter hoc, o lo que los economistas llamamos la falacia de la causalidad o simplemente la falacia Post hoc. Esta se presenta cuando creemos que por el solo hecho de observar un suceso como A antes que otro suceso como el B, deducimos solo por ese hecho - el observar primero A y luego B - que el suceso A es la causa del suceso B, o que B es consecuencia de A.

En el caso que nos ocupa no podríamos validar la direccionalidad de que la pobreza (suceso A) es la causa del bullying (suceso B), pues, bajo el razonamiento del Premio Nobel de Economía de 1970, el estadounidense Paul Samuelson, aunque tuviéramos 1,000 años de estadísticas no podríamos concluir que la pobreza es la causante del acoso escolar. Para explicárnosla, deberíamos mantener constante la condición del ingreso monetario y preguntarnos que otros factores más podrían explicar la alta tasa de mortalidad a causa del hostigamiento escolar, como por ejemplo, el uso de las redes sociales para denigrar e insultar o el nivel educacional de los padres, o quizás alguna explicación antropológica de las relaciones culturales.

Podría ser también válida la causalidad inversa, es decir, que la violencia (una expresión extendida del acoso o maltrato) es la causante de la pobreza, familias inmersas en ambientes hostiles tienen poca probabilidad de salir de la pobreza, pues se dificulta que sus miembros se eduquen, reduciendo de este modo sus oportunidades de desarrollo. En consecuencia, no deberíamos explicar una tragedia social de causalidad variada, prestándole atención mayoritariamente a la economía salarial, o como lo dirían los estadísticos, no confundir correlación con causalidad.

Para terminar de entender lo complejo del problema basta con conocer las razones  del suicidio de Tim Ribberink, un joven holandés de 20 años, rubio y de ojos azules, solía llevar un corte de cabello moderno y siempre con una sonrisa en su rostro, como para ocultar el calvario que vivía por dentro. Deseaba ser profesor de historia estudiando en una escuela politécnica, se preparaba para hacer sus prácticas en el extranjero, y se ayudaba económicamente trabajando en una heladería local, quien además llevaba una vida aparentemente tranquila al lado de sus padres, en un ambiente de total armonía familiar.

El 1 de Noviembre del 2012 no pudo más y se quitó la vida, sus padres desconocían las burlas y las vejaciones que tuvo que sufrir durante sus estudios de primaria y secundaria. Superando su dolor, como si eso fuese posible, y con el deseo de hacer saber al mundo el sufrimiento de su hijo, dieron a conocer su carta de despedida, Tim les escribió: “Queridos Papá y Mamá, durante toda mi vida me han acosado, se han burlado de mí y me han aislado. Ustedes son fantásticos. Espero que no se enfaden. Adiós, Tim”.

Creer que la fuente del acoso escolar o la humillación es principalmente económica es aceptar que la economía está sujeta a experimentos controlados como la química o la física, cosa por demás irracional, por lo que deberíamos conformarnos, quienes nos ocupamos de hablar y escribir sobre economía - a solicitud de Samuelson - de hacer lo mismo que hacen los astrónomos o meteorólogos en sus análisis, aunque parezca duro: solo observar y medir.

Publicado en el Diario La Prensa de Moquegua el 30/03/2013
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